sábado, 18 de mayo de 2013


 
LA CRIBA
por Isaac Asimov 

Habían transcurrido cinco años desde que el muro, cada vez más denso, del secreto comenzó a cerrarse en torno a los trabajos del doctor Aaron Rodman.

—Para su propia protección... —le habían advertido.

—En manos de personas sin escrúpulos —habían explicado.

Desde luego, en las manos adecuadas (las suyas, por ejemplo, pensaba el doctor Rodman bastante desesperado), el descubrimiento significaba a todas luces la mayor bendición para la salud humana desde que Pasteur elaboró la teoría de los gérmenes, y la clave más perfecta jamás encontrada para llegar a comprender el mecanismo de la vida.

Sin embargo, tras la conferencia que pronunció en la Academia de Medicina de Nueva York poco después de cumplir su cincuenta aniversario, y en el primer día del siglo XXI (la fecha parecía escogida a propósito), le habían impuesto la obligación de guardar silencio y ya no podía hablar, excepto con determinados funcionarios. Ciertamente, tampoco podía publicar nada.

Pero el Gobierno le mantenía. Disponía de todo el dinero que pudiera necesitar y las computadoras estaban a su disposición para hacer lo que le placiese con ellas. Sus trabajos progresaban rápidamente y los hombres del Gobierno acudían a recibir sus enseñanzas, a que les ayudara a comprender.

—Doctor Rodman —preguntaban—, ¿cómo se explica que un virus pueda propagarse de célula en célula dentro de un organismo y, sin embargo, no sea contagioso de un organismo a otro?

A Rodman le fatigaba tener que repetir una y otra vez que no conocía todas las respuestas. Le molestaba verse obligado a emplear el término «virus».

—No es un virus —decía—, ya que no se trata de una molécula de ácido nucleico. Es algo completamente distinto: una lipoproteína.

La cosa iba mejor cuando sus interlocutores no eran también profesionales de la medicina. Entonces podía intentar explicárselo en términos generales sin embarrancarse constantemente en cuestiones de detalle.

—Toda célula viva —decía en esos casos—, y cada una de las pequeñas estructuras contenidas en la célula, están rodeadas de una membrana. El funcionamiento de cada célula depende de qué moléculas pueden pasar a través de la membrana en uno y otro sentido y a qué ritmo pueden hacerlo. Una ligera alteración en la membrana modificará enormemente la naturaleza del flujo y, con ello, la naturaleza química de la célula y el carácter de su actividad.

—Todas las enfermedades pueden estar causadas por alteraciones en la actividad de la membrana. A través de tales alteraciones pueden lograrse todas las mutaciones. Cualquier técnica capaz de controlar las membranas permitirá controlar la vida. Las hormonas controlan el cuerpo en virtud de su efecto sobre las membranas, y mi lipoproteína viene a ser más bien una hormona artificial, no un virus. La lipoproteína se incorpora a la membrana y con ello induce la producción de más moléculas semejantes a ella misma... y aquí llegamos a la parte que tampoco yo comprendo.

.»Pero las sutiles estructuras de las membranas no son siempre exactamente idénticas en todos sus aspectos. De hecho, difieren en todos los seres vivos; no coinciden exactamente en ningún par de organismos. Una lipoproteína nunca afectará del mismo modo a dos organismos individuales distintos. Lo que en un caso abrirá las células de un organismo a la glucosa, aliviando así los efectos de la diabetes, en otro caso cerrará las células de otro organismo a la lisina, con lo cual le causará la muerte.

Eso era lo que aparentemente les interesaba más; que se tratase de un veneno.

—Un veneno selectivo —decía Rodman—. De entrada, sería imposible determinar, sin detalladísimos estudios computerizados de la bioquímica de las membranas de un individuo concreto, los posibles efectos de una lipoproteína concreta sobre el mismo.

Con el tiempo, fue cerrándose el cerco a su alrededor, su libertad se vio cortada, aunque sin detrimento de su confort,.en un mundo en el que en todas partes comenzaba a perderse la libertad y también el bienestar mientras una humanidad desesperada veía abrirse más y más las quijadas del infierno.

Corría el año 2005 y la población de la Tierra sumaba seis mil millones de habitantes. De no ser por las hambrunas, la cifra alcanzaría los siete mil millones. Mil millones de seres humanos habían muerto de hambre en la pasada generación, y muchos más correrían aún igual suerte.

Peter Affare, presidente de la Organización Mundial de la Alimentación, acudía con frecuencia al laboratorio de Rodman para jugar al ajedrez y charlar un poco. Había sido el primero en comprender la trascendencia de la conferencia de Rodman ante la Academia, decía, y eso le había ayudado a acceder al cargo de presidente. Rodman pensaba que el significado de su disertación no era difícil de comprender, pero nunca hacía ningún comentario sobre el particular.

Affare tenía diez años menos que Rodman, y sus cabellos comenzaban a perder su color rojo. Sonreía con frecuencia, a pesar de que el tema de la conversación raras veces ofrecía motivos para ello puesto que cualquier presidente de una organización encargada de la alimentación mundial debía hablar forzosamente del hambre que asolaba al mundo.

—Si distribuyéramos equitativamente las existencias de alimentos entre todos los habitantes del mundo, todos morirían de hambre —dijo Affare.

—Si se distribuyeran equitativamente —decía Rodman—, tal vez el hecho de hacer justicia por una vez en el mundo serviría de ejemplo y podría inducir a aplicar una política mundial sana. Tal como están las cosas, la desesperación y la furia ante la egoísta buena fortuna de unos pocos alcanzan proporciones mundiales, y todos actúan irracionalmente como venganza.

—Usted tampoco ha renunciado voluntariamente a su propio suplemento de alimentos —dijo Affare.

—Soy humano y egoísta, y mi acción particular poco significaría. No debería pedírseme que la cediera voluntariamente. No debería ofrecérseme ninguna posibilidad de opción en la materia.

—Usted es un romántico —dijo Affare—. ¿No comprende que la Tierra es una lancha salvavidas ? Si distribuimos equitativamente las reservas de alimentos entre todos los hombres, moriremos todos. Si expulsamos a algunos del bote salvavidas, el resto sobrevivirá. El problema no es la muerte de algunos, pues tienen que morir; el problema es la supervivencia de unos cuantos.

—¿Propugnan ustedes oficialmente el «triaje», el sacrificio de unos cuantos por el bien de los demás?

—No podemos hacerlo. Las gentes que ocupan la lancha salvavidas están armadas. Varias regiones amenazan abiertamente con recurrir a las armas nucleares si no reciben más alimentos.

—¿Quiere decir que la respuesta a «Ustedes deben morir para que nosotros vivamos» es «Si nosotros morirnos, vosotros moriréis también»...? Una situación sin salida —comentó Rodman con sorna.

—No exactamente —dijo Affare—. Hay zonas de la Tierra donde no es posible salvar a la gente. Han sobrecargado irremisiblemente su territorio con hordas de famélica humanidad. Supongamos que se les envían alimentos, y supongamos que esos alimentos los matan, de modo que esa zona ya no requiera nuevas remesas.

Rodman sintió la primera punzada de incipiente comprensión.

—¿Los matan, cómo? —preguntó.

—Es posible averiguar las propiedades estructurales medias de las membranas celulares de una población determinada. Podría incorporarse a la remesa de alimentos una lipoproteína particularmente estudiada para hacer uso de esas propiedades, con lo cual la ingestión de esos alimentos tendría fatales consecuencias —dijo Affare.

—Inconcebible —dijo Rodman, pasmado.

—Piénselo bien. La gente no sufriría. Las membranas se irían cerrando lentamente y la persona afectada se dormiría para no volver a despertar; una muerte infinitamente preferible a la inanición que de otro modo será inevitable, o a la aniquilación nuclear. Tampoco morirían todos, pues cualquier población presenta variaciones en las propiedades de sus membranas. En el peor de los casos, fallecería un setenta por ciento de los habitantes. La criba se efectuaría precisamente en aquellos lugares con una superpoblación más grave y menores esperanzas de solución y sobreviviría un número suficiente de personas para asegurar la continuidad de cada nación, cada grupo étnico, cada cultura.

—Matar deliberadamente a miles de millones...

—No les mataríamos. Simplemente crearíamos las condiciones para la muerte de unas cuantas personas. El fallecimiento de unos individuos concretos dependería de la bioquímica particular de sus organismos. Sería obra del dedo de Dios.

—¿Y cuando el mundo descubra lo hechos?

—Cuando eso ocurra ya estaremos muertos —dijo Affare—, y para entonces, un mundo próspero con una población limitada nos agradecerá nuestra heroica acción al optar porque murieran algunos, con tal de evitar la muerte de todos.

El doctor Rodman sintió que le subía el rubor a la cara y tuvo dificultades para articular las palabras.

—La Tierra —dijo— es una lancha salvavidas muy grande y compleja. Todavía no sabemos qué puede o no puede lograrse con una distribución adecuada de los recursos y es evidente que hasta el día de hoy no nos hemos preocupado verdaderamente de distribuirlos. A diario se desperdician alimentos en muchos lugares de la Tierra y el saber que así ocurre es lo que enloquece a los hombres hambrientos.

—Estoy de acuerdo con usted —dijo fríamente Affare—, pero no podemos hacernos un mundo a nuestro gusto. Debemos tomarlo tal como es.

—Entonces tómeme a mí tal como soy. Usted quiere que proporcione las moléculas de lipoproteína, y no lo haré. No moveré ni un dedo en ese sentido.

—En ese caso —dijo Affare—, su responsabilidad como asesino de masas será mayor que la que me está atribuyendo a mí, y creo que si lo pensase mejor cambiaría de opinión.


Casi a diario recibía visitas de una u otra autoridad, todas ellas personas bien alimentadas. Rodman comenzó a desarrollar una gran susceptibilidad ante lo bien alimentados que estaban todos quienes hablaban de la necesidad de matar a los hambrientos.

El secretario nacional de Agricultura le dijo, en tono sugerente, en una de esas ocasiones:

—¿No sería usted partidario de matar a un rebano de ganado afectado de fiebre aftosa o de ántrax con tal de evitar que la infección se propagase a los rebaños sanos?

—Los seres humanos no son ganado —dijo Rodman—, y el hambre no es contagiosa.

—¡Sí que lo es! —dijo el secretario—. De eso se trata precisamente. Si no hacemos una criba de las sobreabundantes masas de humanidad, su hambre se propagará a zonas hasta ahora no afectadas. No debe negarnos su ayuda.

—¿Cómo me obligarán? ¿Con torturas?

—No. tocaríamos m un solo cabello de su persona. Sus conocimientos en esta materia son demasiado preciosos para nosotros. Pero podríamos retirarle algunos bonos de alimentos.

—La inanición, sin duda, será perjudicial para mí.

—No se trata de usted. Pero si estamos dispuestos a matar a varios miles de millones de personas para salvar a la raza humana, desde luego también podremos emprender la acción mucho menos difícil de retirar los bonos de alimentos a su hija, y a su marido y su bebé.

Rodman guardó silencio, y el secretario prosiguió:

—Le concederemos un plazo para que reflexione. No deseamos actuar contra su familia, pero no tendremos más remedio que hacerlo. Tómese una semana para pensarlo. El próximo jueves recibirá la visita del comité en pleno. Entonces se le planteará la necesidad de comprometerse a colaborar en nuestro proyecto y no podrá haber más dilaciones.

Se redoblaron las medidas de seguridad y Rodman se convirtió franca y totalmente en un prisionero. Una semana más tarde se presentaron en su laboratorio los quince miembros del Consejo Mundial de Alimentación, acompañados del secretario nacional de Agricultura y de unos cuantos miembros de la Asamblea legislativa nacional. Tomaron asiento en torno a la larga mesa de la sala de conferencias del lujoso edificio de investigación construido con fondos públicos.

Estuvieron varias horas discutiendo y .elaborando planes, incorporando a ellos las respuestas de Rodman a algunas cuestiones concretas. Nadie le preguntó si estaba dispuesto a cooperar; nadie parecía imaginar que pudiera tener otra opción. Por fin, Rodman dijo:

—Su proyecto no es viable en cualquier caso. Poco. después de llegar un cargamento de cereales a una determinada región del mundo, sus habitantes comenzarán a morir por centenares de millones. ¿Creen que los supervivientes no asociarán ambos hechos y que no correrán el riesgo de una represalia desesperada con bombas nucleares ?

Affare, que estaba sentado justo frente a Rodman, en el otro extremo del eje menor de la mesa, dijo:

—Somos conscientes de esa posibilidad. ¿Cree que después de pasar años decidiendo un posible curso de acción no hemos tenido en cuenta la posible reacción de las regiones escogidas para la criba?

—¿Cree que les estarán agradecidas? —preguntó Rodman con amargura.

—No sabrán que han sido escogidas. No todos los cargamentos de cereales estarán contaminados con lipoproteína. No concentraremos la acción en ninguna zona particular. y procuraremos contaminar de vez en cuando algunos depósitos de cereales de cultivo local. Además, no todos morirán, sin sólo unos pocos cada vez. Algunos comerán muchos cereales y no les pasará nada, y otros comerán sólo una pequeña cantidad y sufrirán una muerte rápida, según sean sus membranas. Parecerá una epidemia, como una reaparición de la peste negra.

—¿Han pensado en los efectos de una nueva peste negra? ¿Han pensado en el pánico? —preguntó Rodman.

—No les vendrá mal —gruñó el secretario desde un extremo de la mesa—. Tal vez así aprendan la lección.

—Anunciaremos el descubrimiento de una antitoxina —dijo Affare, y se encogió de hombros—. Realizaremos inoculaciones masivas en regiones que sabremos que no se verán afectadas. Doctor Rodman, el mundo está desesperadamente enfermo, y debemos aplicar un remedio desesperado. La humanidad está al borde de una muerte horrible, de modo que, por favor, no discuta el único curso de acción capaz de salvarla.

—De eso se trata. ¿Es ése el único curso posible de acción o están escogiendo simplemente una salida fácil que no exija sacrificios por su parte, sino sólo el de miles de millones de otras personas?

Rodman se interrumpió. en el momento en que entraba un carrito cargado de comida.

—He mandado preparar un tentempié —murmuró—. ¿Podemos disfrutar de unos minutos de tregua mientras comemos?

Alargó la mano para coger un emparedado y luego, unos momentos más tarde, comentó entre sorbo y sorbo de café:

—Al menos, habremos comido bien, mientras preparamos el mayor genocidio de la historia.

Affare examinó críticamente su propio emparedado a medio comer.

—Esto no es comer bien. Ensalada de huevo con pan blanco no exactamente tierno no es comer bien, yo de usted no volvería a solicitar los servicios de la cafetería que ha preparado esto. —Suspiró—. En fin, en un mundo famélico no pueden desperdiciarse los alimentos —y se comió el resto del emparedado.

Rodman observó a los demás y luego cogió el último canapé que quedaba en la bandeja.

—Había pensado que tal vez el tema que estamos discutiendo les habría hecho perder el apetito —dijo—, pero veo que a nadie le ha ocurrido así. Todos han comido.

—Y también usted —dijo impaciente Affare—. Todavía está comiendo.

—Sí, así es —dijo Rodman, y siguió masticando lentamente—. Y les pido que me excusen si el pan no estaba demasiado tierno. Yo mismo preparé los emparedados anoche y ya llevan quince horas hechos.

—¿Usted mismo los preparó? —dijo Affare.

—Tuve que hacerlo; era la única manera de estar seguro de haber incorporado a ellos la lipoproteína adecuada.

—¿Qué está diciendo ?

—Caballeros, ustedes dicen que es necesario matar a unos cuantos para salvar a los demás. Tal vez tengan razón. Me han convencido. Pero para saber exactamente qué estamos haciendo tal vez sea conveniente experimentarlo en nuestra propia carne. He iniciado un pequeño «triaje» particular, y los emparedados que todos ustedes acaban de comer constituyen un experimento en ese sentido.

Algunos altos funcionarios habían comenzado a levantarse.

—¿Nos ha envenenado? —balbuceó el secretario.

—No de manera muy efectiva —respondió Rodman—. Por desgracia, no conozco a fondo sus respectivas bioquímicas, de modo que no puedo garantizar la tasa de mortalidad de un setenta por ciento que ustedes desearían.

Todos le miraban petrificados de terror; los párpados del doctor Rodman se cerraron.

—Aun así, es probable que dos o tres de ustedes mueran en el curso de la próxima semana poco más o menos, y no tienen más que esperar para saber a quién le tocará esa suerte. No existe posible cura ni antídoto, pero no se preocupen. La muerte es totalmente indolora, y será obra del dedo de Dios, como me decía uno de ustedes. Será una buena lección, como ha dicho otro. Tal vez los que sobrevivan cambien de opinión con respecto al «triaje».

—Sólo pretende asustarnos —dijo Affare—. Usted también ha comido esos emparedados.

—Lo sé —dijo Rodman—. Y la lipoproteína estaba adaptada a mi propia bioquímica, de modo que mi muerte será rápida. —Sus ojos se cerraron—. Tendrán que continuar los trabajos sin mí, quienes sobrevivan.
 

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ELABORE LA FICHA DE LOS ELEMENTOS DENOTATIVOS DE UNA OBRA NARRATIVA 3
Presente el trabajo el JUEVES 23 de mayo, habrá un control de lectura

domingo, 12 de mayo de 2013


ZAPHOD Y UN TRABAJO SEGURO

Douglas Adams

Una inmensa nave voladora se movía velozmente sobre la superficie de un mar asombrosamente bello. Desde media mañana había estado desplazándose hacia adelante y hacia atrás, describiendo grandes arcos cada vez más anchos, hasta que finalmente atrajo la atención de los isleños locales, gente pacífica y amante de los frutos de mar, que se reunieron en la playa, entre cerrando los ojos ante la cegadora luz solar, para tratar de ver qué pasaba.

Cualquier persona de conocimientos sofisticados, que hubiera viajado, que hubiera tenido alguna experiencia, probablemente habría observado cuán parecida era la nave a un archivero, a un enorme y recientemente robado archivero acostado de espaldas, con los cajones al viento y volando.

Por su parte, los isleños, cuya experiencia era de otra clase, quedaron impresionados al ver qué poco se parecía a una langosta marina.

Charlaban, excitados, acerca de su total ausencia de pinzas, su rígida espalda sin curvas, y sobre el hecho de que parecía tener grandísimas dificultades para mantenerse en el suelo. Esta última característica les parecía especialmente jocosa. Se pusieron a dar muchos saltos para demostrarle a esa estúpida cosa que ellos creían que permanecer en el suelo era lo más fácil del mundo.

Pero este entretenimiento pronto comenzó a perder la gracia. Después de todo, dado que tenían perfectamente en claro que la cosa no era una langosta, y dado que su mundo tenía la bendición de poseer en abundancia cosas que sí eran langostas (una buena media docena de las cuales se encontraba en este momento en suculenta marcha por la playa hacia ellos), no vieron más razones para seguir perdiendo el tiempo con la cosa y en su lugar decidieron organizar de inmediato un almuerzo tardío consistente en langostas.

En ese preciso momento, la nave se detuvo repentinamente en el aire, se puso vertical y se zambulló de cabeza en el océano, con un gran estrépito de espuma que obligó a los isleños a huir gritando hasta los árboles.

Cuando resurgieron, nerviosos, unos minutos después, lo único que pudieron ver fue un círculo de agua suavemente delineado y algunas burbujas gorgoteantes.

Qué raro, se dijeron el uno al otro entre bocado y bocado de la mejor langosta que se pueda comer en cualquier parte de la Galaxia Occidental, ya es la segunda vez que sucede lo mismo en un año.

La nave que no era una langosta buceó directamente hasta una profundidad de sesenta metros, y se detuvo allí, en el espeso azul, al tiempo que inmensas masas de agua ondulaban a su alrededor. Mucho más alto, donde el agua era mágicamente clara, una brillante formación de peces se alejó con un destello. Más abajo, donde a la luz le resultaba difícil llegar, el color del agua se perdía en un azul oscuro y salvaje.

Aquí, a sesenta metros, el sol alumbraba débilmente. Un enorme mamífero marino de piel satinada pasó perezosamente, inspeccionando la nave con una especie de interés a medias, como si hubiese estado esperando encontrarse con algo así, y luego se deslizó hacia arriba, alejándose rumbo a la luz rizada.

La nave esperó un minuto o dos, tomando lecturas, y luego descendió otros treinta metros. A esta profundidad, el panorama se estaba poniendo seriamente oscuro.

Pasado un momento, las luces internas de la nave se apagaron, y en el segundo o dos que pasaron hasta que de repente se encendieron los reflectores exteriores, la única luz visible provino de un pequeño cartel rosado, vagamente iluminado, que decía Corporación Beeblebrox de Salvataje y Asuntos Realmente Disparatados.

Los enormes reflectores se movieron hacia abajo, iluminando un vasto cardumen de peces plateados, los cuales viraron y se alejaron en silencioso pánico.

En la tenebrosa sala de control, que se extendía describiendo un amplio arco en la proa sin punta de la nave, cuatro cabezas estaban reunidas alrededor de una pantalla de computadora que estaba analizando las debilísimas e intermitentes señales que emanaban de lo profundo del lecho marino.

- Ahí está - dijo finalmente el dueño de una de las cabezas.

- ¿Podemos estar totalmente seguros? - dijo el dueño de otra de las cabezas.

- Ciento por ciento seguros - replicó el dueño de la primera cabeza.

- ¿Están un ciento por ciento seguros de que la nave que se estrelló contra el fondo de este océano es la nave de la que ustedes dijeron estar un ciento por ciento seguros que con una seguridad del ciento por ciento nunca podría estrellarse? –dijo el dueño de las dos cabezas que quedaban-. Eh - dijo levantando dos de sus manos-. Sólo preguntaba.

Los dos funcionarios de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil respondieron a esto con una mirada muy fría, pero el hombre con el número de cabezas sin par, o más bien dicho par, no lo advirtió. Se recostó en el asiento del piloto, abrió dos cervezas - una para él y la otra también- , apoyó los pies sobre la consola y le dijo "Hola, nene" a un pez que pasaba del otro lado del ultra cristal.

- Sr. Beeblebrox - comenzó el más bajo y menos tranquilizador de los dos funcionarios, en voz baja.

- ¿Sí? - dijo Zaphod, golpeteando una lata repentinamente vacía contra algunos de los instrumentos más sensibles-. ¿Listos para el chapuzón? Vamos.

- Sr. Beeblebrox, dejemos una cosa perfectamente en claro...

- Sí, hagámoslo - dijo Zaphod-. Qué tal esto para empezar: ¿por qué no me dicen lo que hay realmente en esa nave?

- Se lo hemos dicho - dijo el funcionario-. Subproductos.

Zaphod intercambió consigo mismo una cansada mirada.

- Subproductos - dijo- ¿Subproductos de qué?

- De procesos - dijo el funcionario.

- ¿Qué procesos?

- Procesos que son perfectamente seguros.

- ¡Santa Zarquana Voostra! - exclamaron a coro ambas cabezas de Zaphod-. ¡Tan seguros que tuvieron que construir una nave que es una maldita fortaleza para llevar esos subproductos hasta el agujero negro más cercano y arrojarlos allí! Sólo que no pudo llegar porque el piloto tomó un desvío... ¿estoy en lo correcto?... para recoger algunas ¿langostas...? Está bien, el tipo era muy simpático, pero... quiero decir, bastante peculiar, esto parece un chiste, esto es un almuerzo de proporciones exageradas, esto es un inodoro aproximándose a la masa crítica, esto es... esto es...

¡Un fracaso total del vocabulario!

- ¡Cállate! - gritó su cabeza derecha a su cabeza izquierda-. ¡Estamos desvariando!

Para calmarse, aferró firmemente la lata de cerveza que quedaba.

- Oigan, muchachos - prosiguió, después de un momento de paz y contemplación.

Los dos funcionarios no dijeron nada.

Conversar a este nivel era algo a lo que sentían que no podían aspirar-. Sólo quiero saber - insistió Zaphod- en qué me están metiendo.

Marcó con un dedo las lecturas intermitentes que discurrían en la pantalla de la computadora. No las entendía, pero no le gustaba para nada su aspecto.

Eran todas confusas, con montones de números largos y cosas así.

- Se está rompiendo ¿verdad? - gritó-. La bodega está llena de barras aoristas radiantes epsilónicas o algo por el estilo, que freirán todo este sector del espacio durante trillones de años, y se está rompiendo. ¿Es así la historia? ¿Es eso lo que vamos a bajar a buscar? ¿Voy a salir de esa ruina con más cabezas todavía?

- No hay posibilidad de que sea una ruina, Sr. Beeblebrox - insistió el funcionario-.

Le garantizo que la nave es perfectamente segura. No es posible que se rompa.

- ¿Entonces por qué están tan interesados en ir a verla?

- Nos gusta ir a ver cosas que son perfectamente seguras.

- ¡Maldiiiciooooón!

- Sr. Beeblebrox - dijo el funcionario, con paciencia- , ¿me permite recordarle que tiene usted un trabajo que hacer?

- Sí, bueno, tal vez se me fueron de repente las ganas de hacerlo. ¿Qué creen que soy?, uno de esos tipos que no tienen ninguna clase de no- sé- qué morales... cómo se dice... esas cosas morales...

- ¿Escrúpulos? -...escrúpulos, gracias, o lo que sea ¿Y bien?

Los dos funcionarios aguardaron con calma. Tosieron suavemente para ayudarse a pasar el tiempo.

Zaphod suspiró algo así como "adónde va a llegar el mundo" para auto absolverse de toda la culpa y se hamacó en el asiento.

- ¿Nave? - llamó.

- ¿Eh? - dijo la nave.

- Haz lo que yo hago.

La nave lo pensó durante unos milisegundos y luego, después de verificar por partida doble todos los sellos de sus escotillas reforzadas, comenzó, lenta e inexorablemente, bajo el débil resplandor de sus propias luces, a hundirse en las más hondas profundidades.

Ciento cincuenta metros.

Trescientos.

Seiscientos.

Aquí, a una presión de casi setenta atmósferas, en las heladas profundidades donde no alcanza la luz, la naturaleza guarda su imaginería más extravagante.

Dos pesadillas de treinta centímetros de largo relucieron desenfrenadamente bajo la blanca luz, bostezaron, y volvieron a esfumarse en la negrura.

Setecientos cincuenta metros.

Junto a los sombríos límites de los haces de luz de la nave, cosas secretas y culpables pasaban rápidamente con sus ojos al acecho.

Gradualmente, la topografía del distante lecho oceánico que se aproximaba se iba resolviendo con cada vez más claridad en las pantallas de las computadoras, hasta que por fin pudo adivinarse una forma separada que se distinguía de lo que la rodeaba.

Era como una enorme fortaleza cilíndrica torcida, que a partir de la mitad de su longitud se ensanchaba notablemente a fin de alojar el pesado ultrablindaje con el que estaban revestidas las cruciales bodegas de carga, cuyos constructores habían supuesto que convertían a esta nave en la más segura e inexpugnable jamás construida. Antes del lanzamiento, el material estructural de ese sector había sido apaleado, golpeado, barrenado y sujeto a todos los ataques que sus constructores sabían que podía soportar, con el objeto de demostrar que podía soportarlos.

En tenso silencio de la cabina de mando se agudizó de modo perceptible cuando quedó claro que era ese sector el que se había partido bastante prolijamente en dos.

- En realidad es perfectamente segura -dijo uno de los funcionarios- , está construida de modo tal que si la nave sí se rompe, no hay ninguna posibilidad de que las bodegas de carga se fisuren.

Mil ciento sesenta y cinco metros.

Cuatro Trajes Inteligentes Alta-Pres-A salieron lentamente por la escotilla abierta de la nave de salvataje y nadaron a través la cortina de luces hacia la monstruosa figura que se destacaba oscuramente contra la noche marina. Se movían con una especie de gracia torpe casi cercana a la ingravidez, aunque oprimidos por un mundo de agua. Con la cabeza de la derecha, Zaphod escudriñó las negras inmensidades que tenía encima y, por un momento, su mente emitió un silencioso rugido de horror.

Echó un vistazo a su izquierda y se alivió al ver que su otra cabeza estaba entretenida observando sin interés en el video del casco los pronósticos meteorológicos brockianos de UltraCricket. Algo detrás de él, hacia la izquierda, iban los dos funcionarios de la Administración de Seguridad y reaseguro Civil; algo delante de él, hacia la derecha, iba el traje vacío, llevando sus implementos y controlando el camino.

Pasaron por la enorme hendedura de la rota espalda de la Nave Bunker Billón de Año se iluminaron el interior con sus linternas. Maquinaria mutilada, entre escotillas de sesenta centímetros de espesor destrozadas y retorcidas. Ahora vivía allí una familia de grandes y transparentes anguilas que parecían gustar del sitio.

El traje vacío los precedió a lo largo del lóbrego y gigantesco casco de la nave, probando las compuertas estancas. La tercera que revisó se abrió con dificultad.

Se apiñaron en el interior y esperaron durante largos minutos mientras los mecanismos de bombeo se encargaban de la espantosa presión ejercida por el océano y la reemplazaban lentamente con una presión igualmente espantosa de aire y gases inertes. Finalmente, la puerta interior se abrió y tuvieron acceso a un oscuro sector de bodegas exteriores de la Nave Bunker Billón de Años. Tuvieron que pasar varias puertas Titán -O- Hold de alta seguridad más, las cuales fueron abiertas una a una por los funcionarios, con una variedad de llaves quark. Muy pronto estuvieron tan metidos dentro de los poderosos campos de seguridad que la recepción de los pronósticos de Ultra-Cricket comenzó a debilitarse y Zaphod tuvo que cambiar a una de las video estaciones de rock, ya que no existía sitio al que éstas no pudieran llegar.

Se abrió la puerta final y emergieron en un gran espacio sepulcral. Zaphod apuntó la linterna hacia la pared opuesta e iluminó de lleno un rostro de ojos enloquecidos que gritaba.

El propio Zaphod lanzó un grito en quinta disminuida, se le cayó la linterna y se sentó pesadamente en el piso, o más bien en un cuerpo, que había estado allí tirado por unos seis meses sin ser perturbado y que reaccionó al hecho de que se le sentaran encima explotando con gran violencia. Zaphod se preguntó qué hacer al respecto, y luego de un breve pero turbulento debate decidió que lo más indicado sería desmayarse.

Reaccionó unos minutos después y fingió no saber quién era, dónde estaba o cómo había llegado allí, pero no pudo convencer a nadie. Después fingió que su memoria volvía de golpe y que la impresión causada le provocaba otro desmayo pero, muy a su pesar, el traje - por el que estaba comenzando a sentir un serio rechazo- lo ayudó a ponerse de pie, forzándolo a hacerse cargo del entorno.

El entorno estaba iluminado con luz leve y enfermiza, y era desagradable en varios aspectos, el más obvio de los cuales era la colorida distribución de partes del fallecido y lamentado Oficial de navegación de la nave en los pisos, paredes y techo, y muy especialmente en la mitad inferior de su traje, el de Zaphod. El efecto era tan pasmosamente asqueroso que no volveremos a referirnos a él en ninguna parte de esta narración... salvo para dejar sentado que obligó a Zaphod a vomitar dentro del traje, el cual, consecuentemente, se quitó e intercambió, luego de realizar las modificaciones correspondientes en el alojamiento de la cabeza, con el traje vacío. Por desgracia, el hedor del aire fétido de la nave, seguido por el panorama de su propio traje, que caminaba por ahí envuelto en intestinos en putrefacción, fue suficiente para hacerlo vomitar también en el otro traje, problema con el cual él y el traje tendrían que aprender a convivir.

Listo. Eso es todo. No hay más asquerosidades.

Por lo menos, no hay más de esa asquerosidad en particular.

El dueño del rostro que gritaba ahora se había calmado ligeramente y estaba balbuceando incoherencias dentro de un tanque con líquido amarillo: un tanque de suspensión de emergencia.

- Fue una locura - balbuceaba- , ¡una locura! Le dije que podíamos probar la langosta al volver, pero él estaba enloquecido. ¡Obsesionado! ¿Ustedes alguna vez se ponen así por las langostas? Porque yo no. Me parecen demasiado gomosas y resbaladizas para comer, y su sabor no es gran cosa, es decir, ¿tienen sabor? Prefiero infinitamente las ostras, y así se lo dije. ¡Oh, Zarquon, se lo dije!

Zaphod contemplaba esta extraordinaria aparición que se agitaba en su tanque. El sujeto tenía adosados toda clase de tubos de supervivencia y su voz salía por unos parlantes que provocaban ecos demenciales en toda la nave, retornando, fantasmales, desde profundos y distantes corredores.

- Ahí fue donde estuve mal - gritó el loco-. Dije realmente que prefería las ostras y él dijo que era porque nunca había probado una langosta en serio, como las que comían en el sitio de donde venían sus antepasados, que era aquí, y que me lo demostraría. Dijo que no había problema, dijo que por la langosta de aquí valía la pena todo el viaje, y ni qué hablar del pequeño desvío que tomaríamos para llegar aquí, y juró que podía controlar la nave en la atmósfera, pero fue una locura, ¡una locura! - gritó, e hizo una pausa, moviendo los ojos de un lado a otro, como si la palabra hubiera despertado algo en su mente-. ¡La nave quedó fuera de control!

Yo no podía creer lo que estábamos haciendo, nada más que para demostrar una afirmación sobre la langosta, que realmente es un alimento tan sobrestimado.  

Lamento mencionar tanto a la langosta. Trataré de evitarlo por un minuto, pero he estado tanto tiempo solo con mis pensamientos estos meses en el tanque... ¿pueden imaginarse lo que es encontrarse encerrado en una nave con los mismos tipos durante meses, comiendo basura mientras un sujeto habla todo el tiempo solamente de langostas, y luego pasarse seis meses flotando en un tanque, pensando en ello? Prometo que trataré de no hablar de langostas, en serio.

Langostas, langostas, langostas... ¡basta! Creo que soy el único sobreviviente. Soy el único que logró llegar a un tanque de emergencia antes de caer. Envié una señal de auxilio y luego nos estrellamos. Es un desastre, ¿verdad? Un desastre total, y todo porque al tipo le gustaban las langostas. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo? Me resulta difícil darme cuenta.

Los miró, suplicante, y su mente pareció bajar lentamente a tierra firme como una hoja que cae. Pestañeó y los miró con expresión rara, como un mono estudiando un pez extraño. Toqueteó con curiosidad el cristal del tanque con sus dedos arrugados.

Unas pequeñas y espesas burbujas amarillas se escaparon por su nariz y su boca, quedaron brevemente atrapadas en el estropajo de sus cabellos y luego continuaron su errática marcha hacia arriba.

- Oh Zarquon, oh cielos - murmuró patéticamente para sí-. Me han encontrado. Me han rescatado...

- Bueno - dijo uno de los funcionarios rápidamente- , lo han encontrado, por lo menos.-

Se dirigió hacia la computadora central que estaba en el medio de la cámara y comenzó a revisar rápidamente los circuitos de monitoreo principales de la nave buscando informes de averías-. Las bodegas de las barras aoristas están intactas - dijo.

- Santo cubil del dingo- gruñó Zaphod- , ¡hay barras aoristas a bordo...!

Las barras aoristas eran dispositivos empleados en una forma de producción de energía que ahora había sido felizmente abandonada. Cuando la búsqueda de nuevas fuentes de energía había llegado a un punto especialmente frenético, un brillante joven de pronto había localizado el único lugar que jamás había agotado sus disponibilidades energéticas: el pasado. Y esa misma noche, con el repentino golpe de sangre a la cabeza que tienden a inducir tales ideas repentinas, había inventado un método de explotación, y en el lapso de un año enormes trechos del pasado ya estaban siendo drenados de toda su energía, sencillamente agotándose. Los que declamaron que había que dejar al pasado intacto fueron acusados de incurrir en una forma de sentimentalismo extremadamente onerosa. El pasado proporcionaba una fuente de energía muy barata, abundante y limpia; siempre se podían montar algunas Reservas Naturales del Pasado, si alguien quería pagar por mantenerlas; en cuanto al reclamo de que drenar el pasado empobrecía el presente, bueno, tal vez así era, pero los efectos eran imposibles de medir y uno tenía que mantener el sentido de las proporciones.

Recién cuando se advirtió que el presente realmente estaba empobreciéndose y que la razón de esto era que los bastardos del futuro -holgazanes ladrones y egoístas estaban haciendo exactamente lo mismo, todo el mundo se dio cuenta de que todas y cada una de las barras aoristas, y el terrible secreto de cómo se construían, debían ser completamente destruidas para siempre. Todos adujeron que era por el bien de sus abuelos y nietos, pero, desde luego, era por el bien de los nietos de sus abuelos y de los abuelos de sus nietos.

El funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil se encogió de hombros des preocupadamente.

- Son perfectamente seguras - dijo. Miró a Zaphod y de pronto dijo, con una franqueza poco característica- : Hay cosas peores que esas a bordo. O por lo menos - agregó, golpeteando una de las pantallas de la computadora- , espero que estén a bordo.

El otro funcionario lo atacó duramente.

- ¿Qué diablos piensas que estás diciendo? - le espetó.

El primero volvió a alzar los hombros. Dijo: - No importa. Que diga lo que quiera.

Nadie le creería. Esa es la razón por la que escogimos usarlo a él en vez de hacer algo oficial, ¿verdad?

Cuanto más descabellada sea la historia que cuente, más parecerá que él es sólo un bohemio aventurero que está inventándola. Hasta puede contar que nosotros dijimos esto, y quedará como un paranoico. - Sonrió amablemente a Zaphod, que estaba hirviendo en su asqueroso traje-. Puede acompañarnos –le dijo- si lo desea.

- ¿Lo ve? - dijo el funcionario, examinando los sellos exteriores de ultra- titanio de la bodega de las barras aoristas-. Perfectamente a salvo, perfectamente seguro.

Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían armas químicas tan poderosas que una cucharadita podía infectar fatalmente todo un planeta.

Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían compuestos zeda- activos tan poderosos que una cucharadita podía volar todo un planeta.

Dijo lo mismo al pasar por las bodegas que contenían compuestos theta- activos tan poderosos que una cucharadita podía irradiar a todo un planeta.

- Me alegro de no ser un planeta - masculló Zaphod.

- No tiene nada que temer - aseguró el funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil- , los planetas son muy seguros. Siempre y cuando... - agregó, y luego hizo una pausa. Estaban aproximándose a la bodega más cercana al punto en que la espalda de la Nave Bunker Billón de Años estaba quebrada. Aquí el corredor estaba retorcido y deformado, y el piso tenía parches húmedos y pegajosos-. Ajá - dijo-. Ajá y doble ajá.

- ¿Qué hay en esta bodega? - exigió Zaphod.

- Subproductos - dijo el funcionario, cerrándose otra vez.

- ¿Subproductos... –insistió Zaphod con calma- de qué?

Ninguno de los funcionarios le contestó. En lugar de ello, examinaron la puerta de la bodega con mucho cuidado y vieron que sus sellos habían sido retorcidos y arrancados por la misma fuerza que había deformado todo el corredor. Uno de ellos tocó ligeramente la puerta. Se abrió de par en par con el contacto. Adentro estaba oscuro, con apenas un par de débiles luces amarillas al fondo.

- ¿De qué? - siseó Zaphod.

El funcionario líder miró al otro.

- Hay una cápsula de escape - dijo- que la tripulación debía usar para abandonar la nave antes de echarla en el agujero negro - dijo-. Creo que sería bueno saber que todavía está allí. - El otro funcionario asintió y se alejó sin decir palabra.

Con un ademán, el primer oficial indicó a Zaphod que entrara. Las grandes y débiles luces amarillas fosforecían a unos seis metros de distancia.

- El motivo - dijo, en voz baja- por el cual todas las cosas que hay en esta nave son, sigo manteniéndolo, seguras, es que realmente nadie está lo bastante loco para usarlas. Nadie. Al menos, nadie que estuviera así de loco podría jamás tener acceso a ellas. Cualquiera que sea tan loco o tan peligroso hace sonar alarmas muy profundas.

La gente puede ser estúpida, pero no es tan estúpida.

- Subproductos - volvió a sisear Zaphod, y tenía que sisear para que no se oyera el temblor de su voz- de qué.

- Eh... Gente Diseñada.

"Se le otorgó a la Corporación Cibernética Sirio un enorme fondo de investigaciones para diseñar y producir personalidades sintéticas por encargo. Los resultados fueron uniformemente desastrosos. Toda la "gente" y las "personalidades" resultaron ser amalgamas de ciertas características que sencillamente no podían coexistir en formas de vida de ocurrencia natural. La mayoría eran unos pobres y patéticos inadaptados, pero algunos eran profundísimamente peligrosos. Peligrosos porque no hacían sonar la alarma en las demás personas. Podían atravesar situaciones igual que los fantasmas atraviesan paredes, porque nadie detectaba el peligro.

"Los más peligrosos de todos eran tres idénticos... los pusieron en esta bodega, para ser lanzados, junto con la nave, fuera de este universo. No son malvados, en realidad son bastante sencillos y encantadores.

Pero son las criaturas más peligrosas que alguna vez hayan vivido, porque no hay nada que no hagan si se les permite, ni nada que no pueda permitírseles hacer... Zaphod miró las débiles luces, las dos débiles luces amarillas. Cuando sus ojos se fueron acostumbrando a la iluminación, vio que las dos luces enmarcaban un tercer espacio donde había algo roto. Unas manchas húmedas y pegajosas relucían opacamente en el suelo.

Zaphod y el funcionario caminaron con cautela hacia las luces. En ese momento, estallaron cuatro palabras del otro funcionario en sus comunicadores del casco.

- La cápsula no está –dijo sucintamente.

- Rastréala - respondió de inmediato el compañero de Zaphod-. Averigua con exactitud dónde ha ido. ¡Debemos saber dónde ha ido!

Zaphod abrió una enorme puerta deslizante de vidrio esmerilado. Detrás de ésta había un tanque lleno de líquido amarillo, y flotando dentro había un hombre, un hombre de apariencia amable, con muchas marcas de sonrisa en la cara. Parecía estar flotando con bastante resignación y sonriendo para sus adentros.

Otro sucinto mensaje llegó de pronto por el comunicador del casco. El planeta hacia el cual se había encaminado la cápsula de escape ya había sido identificado.

Estaba en el Sector Galáctico ZZ9 Plural Z Alfa.

El hombre de apariencia amable del tanque parecía estar murmurando suavemente para sí, igual que lo había hecho el copiloto del otro tanque. Unas burbujitas amarillas adornaron como abalorios los labios del hombre. Zaphod encontró un pequeño parlante junto al tanque y lo encendió. Oyó que el hombre balbuceaba suavemente acerca de una brillante ciudad sobre una colina.

También oyó que el funcionario de la Administración de Seguridad y Reaseguro Civil impartía instrucciones para que el planeta ZZ9 Plural Z Alfa fuera puesto en condiciones "perfectamente seguras".

 FIN

Tarea:

LEA EL CUENTO
ELABORE LA FICHA DE LOS ELEMENTOS DENOTATIVOS DE UNA OBRA NARRATIVA 3
Presente el trabajo el viernes 17 de mayo, habrá un control de lectura.

sábado, 4 de mayo de 2013



Jorge Luis Borges

 

O God, I could be bounded in a nutshell
and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.


But they will teach us that Eternity is
the Standing still of the Present Time,
a Nunc-stans (as the Schools call it);
which neither they, nor any else
understand, no more than they would a
Hic-stans for a infinite greatnesse of
Place.

 La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.

Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. «Es el Príncipe de los poetas en Francia», repetía con fatuidad. «En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas»

El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno

- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin reclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratabas de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.

Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Latinar y leyó con sonora satisfacción.

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el boyare que narro, es... autor de mi chambre.

Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo! acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los socios de la pluma del saboyano... Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Golden!

Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Dañero les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Dañero era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema.

Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:
Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.

 - ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.

Hacia la medianoche me despedí.

Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, «para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer». Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el «salón-bar», inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:

- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.

 Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, «que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro». Acto continuo censuró la prologomanía, «de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios». Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, «porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad». Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.

Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.

A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.

El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.

 - ¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.

No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.

 El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.

 - Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.

- ¡El Aleph! - repetí.

- Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.
- Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

- La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

- Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.

En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

 - Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.

Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:

 - Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.

 - La almohada es humildosa - explicó -, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.

Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

 - Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial -. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!

Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:

- Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

- ¿La viste todo bien, en colores?

En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.

En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.

Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de «trozos argentinos». Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.

Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.

Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres, la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, «redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio» (The Faerie Queene, III, 2, 19), y añade estas curiosas palabras: «Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería».

¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

 FIN
 
Tarea:
 ELABORE LA FICHA DE LOS ELEMENTOS DENOTATIVOS DE UNA OBRA NARRATIVA 3
Presente el trabajo el viernes 10 de mayo, habrá un control de lectura.